7 de octubre de 2010

La “Rubita de la Plaza”


Mi infancia son recuerdos de... un mercado moronero: el frío de la amanecida en las manos, los pasillos aún desnudos de clientes, el trasiego de los placeros acarreando la mercancía desde la puerta de carga y descarga hasta su puesto respectivo, una rodajita de limón para la infusión de manzanilla que mi padre traía del bar para que mi madre se calentara la garganta y el estómago a eso de las siete y media de la mañana de cada día, de cada año. “Anita, tómatela que se enfría”. Y Anita (Ana Santoyo, mi madre) sacaba la rodajita con una cucharilla y me la daba para que la tirara después de entretenerme con su olor y su sabor durante un rato; daba un sorbo rápido y volvía al trabajo abandonando la infusión que se acabaría tomando casi fría.

Servidora nunca fue a la guardería. Mi primera escuela fue la Plaza de Abastos de Morón de la Frontera. Hasta que cumplí los cuatro años me pasaba toda la mañana entre lechugas, tomates y naranjas, entre pesos y clientes, con alguna que otra visita a la carnicera que me comía a besos, al pescadero que me avergonzaba con piropos, a la de los congelados que me regalaba buñuelitos de nata en verano... y, como no, a la churrera que me mimaba con un “calentito” diario envuelto en un trocito de papel de estraza para que lo agarrara sin quemarme.

Después tuve que ir al colegio a partir de las nueve de la mañana y hasta las dos del mediodía, pero seguí viviendo el ambiente del mercado en las horas restantes. Por algo yo era la “Rubita de la Plaza”, una niña callada y alegre que disfrutaba espiando los comportamientos de los mayores, escuchando las historias de las abuelas que no eran mías, observando a la carnicera filetear las pechugas y afilar los cuchillos que me parecían enormes, atendiendo a la clientela de mi madre que se fiaba de mi buena voluntad al despacharles, recibiendo el cariño de todo aquel que me veía crecer desde la nada por encima del mostrador del puesto 14. En el mercado aprendí muchas cosas: sabía sumar y dar el cambio mucho antes de que tocara esa lección en la escuela, sabía distinguir las verduras y las frutas sólo por el olor, sabía que un kilo era algo así como unas cuatro o cinco patatas dependiendo del tamaño, sabía qué pescado estaba fresco y cuál no por el color de los ojos... Aprendí muchas cosas sólo observando. Muy pronto supe que al mercado no se iba exclusivamente a comprar, y que mi madre era mucho más que una vendedora. Ella vendía (y sigue vendiendo hasta que la jubilación le dé unas merecidas vacaciones) frutas y verduras, sí; pero además yo la veía ejerciendo con sus clientes de asesora gastronómica, de psicóloga, de confesora, de animadora, e incluso de trabajadora social. Porque si alguien no sabía qué hacer de almuerzo aquel día encontraba en Ana no sólo los ingredientes sino también una nueva receta que ella misma había probado con buen resultado en casa propia. Cuántas veces vi a personas paradas ante el género sin intención alguna de comprar, dejando pasar el turno uno tras otro para quedarse a solas con Ana y charlar un rato, desahogarse con ella, comentar el cansancio, los problemas, los hijos, el marido... Cuántas veces vi a Ana equivocarse intencionadamente en la cuenta... “Mamá, no, está mal, es más dinero...” y ella por lo bajini “ssss... calla, está bien, niña, eso es”, y al irse la clienta me explicaba sus razones: que si el marido se ha quedado en el paro, que son muchos hijos, que no andan bien de dinero ahora... Mira, hija, que a los clientes hay que cuidarlos como a la familia”. ¡La “Rubita de la Plaza” ha visto, ha oído, ha callado y aprendido tanto junto a su madre detrás del mostrador en esa otra escuela que era el mercado! Y digo “era” porque desgraciadamente sobrevive a duras penas: la mayoría de los placeros de mi infancia han abandonado ya sus fuertes, jubilados unos y rendidos otros ante los nuevos modelos de comercio imperantes; hoy no llegan a la docena de puestos ocupados, se echan de menos viejas caras, la bulla de clientes, la competencia, la cervecita de convivencia a la hora del cierre...

En Morón suenan rumores de final para mi querido mercado, soplan vientos de cambio: se planea el derribo del mismo para la construcción de un centro comercial. Puede que sea bueno para el pueblo, sí; pero sospecho que no será lo mismo. Desde el pasado mes, con las noticias del prometido traslado de los comerciantes de la Encarnación a sus nuevos puestos en las entrañas de las inacabadas “Setas”, el recuerdo de mis raíces placeras se viene removiendo en mi interior. Dicen que lo que vivimos en la infancia nos marca para siempre y determina, en gran parte, lo que seremos el resto de nuestra vida. Estoy de acuerdo. Por mucho que cambien los tiempos, que “las brujerías de hoy” (como llama mi madre a cada nuevo invento) traigan la inmediatez y el “sin esfuerzo” como leyes de nuestra cotidianidad, por más que las compras puedan hacerse sin salir de casa con un clic de ratón, por mucha máquina autoservicio y mucha modernidad que nos invada, yo siempre preferiré el espíritu del mercado de abastos y llevaré conmigo un recuerdo de olores, de frío en las manos, de ciclos de bullicio y soledad, de “quién da la vez”, de “échame un ojito al puesto que ahora vengo”,... Hagan lo que hagan con mi viejo mercado, si algún día visito las programadas galerías comerciales, mientras pasee por ellas mis pies reconocerán los antiguos pasillos por donde corría de niña y prometo que siempre me quedará un sabor a rodajita de limón con manzanilla. Por algo fui, y seguiré siendo mientras viva, la “Rubita de la Plaza”.

5 de octubre de 2010

¡Feliz Día Mundial del Docente!

A todos los maestros y maestras que cada día se dejan la piel, la garganta y un poco de sí mismos entre las cuatro paredes de un aula, gracias... y ánimo.




Para todos los que me enseñaron a volar: