26 de febrero de 2013

La ciudad de los locos


Hace días que se decretó la cuarentena. Los síntomas vuelven a presentarse con la misma fuerza cada año. Calendarios invertidos. Manecillas de reloj que giran al contrario. Sacos de café. Mantillas heredadas. Zapatos domados. Trajes de estreno. Media ciudad abre los altillos de la memoria. Es hora de tomarnos la medida.

Los pacientes se muestran inquietos, ansiosos. Andan por las calles inconscientemente calcando la ruta de los besos en pies y manos, buscando el enfrentamiento de miradas sin distancia. A los afectados empieza a obsesionarles la meteorología y el mapa de isobaras previsto se les aloja entre ceja y ceja. Cada día el cielo ensaya para ellos un nuevo tono de azul que se les antoja digno de cubrir la ciudad los días señalados. Todo pasa como siempre.

De nuevo, se nos olvida el resto del mundo y sus gobernantes. Es cierto, sí. En el recuento y descuento, a veces perdemos el norte. Deslumbrados por la pasión y sus reflejos, la fiebre nos vence. Desvariamos, nos crucificamos a traición y por la espalda, tiramos piedras contra este o aquel mientras, más arriba de esas nubes que nos empañan los sueños, se está escribiendo nuestra propia sentencia. La locura es grande. Quien pueda que nos entienda. A nosotros, los que tarareamos recuerdos, los que cerramos los ojos para ver.

Llegará el día. Terminará el ensayo. La ciudad se descubrirá el antifaz que lleva todo el año para enseñarnos su corazón latiendo a pulso. El talón que conoce los pesares de la urbe plantará zancadas en las calles que hoy lo esperan. Esos pobres locos encontrarán la cordura en un rostro de mujer que es la prehistoria de una sonrisa, esa que al tercer día amanecerá con la aurora del fin que es el principio. Demencia sin límite la nuestra. Ciudad de locos, que en el dolor hallamos la gloria. Nosotros, los que bendecimos a quien nos contagió.