12 de julio de 2014

La suma

Las velas ya están encendidas. La cera arde esta vez sobre un asfalto más dulce que el de otras ocasiones. Aquí no hay penitencia… o quizás sí. Los pabilos se consumen prendidos con el peso de un año más y las llamitas (que ya se cuentan en más de la treintena) tiemblan con el nervio de los sinsabores que vinieron sin ser esperados, con la suma de las nuevas decepciones y los miedos sin vencer…

Ella une sus labios y los redondea en un perfecto círculo carnoso, como si fuera a besar a su gran amor (así sea). Y recuerda aquel día en el que oyó por primera vez el llanto de aquel bebé querido, y la noche en la que las risas golpeaban las paredes de su cuarto, y el día en el que supo la fecha en la que comenzaría el resto de su vida, y el momento en el que colocó sus libros en un hogar por estrenar, y la tarde en la que los buenos recuerdos la hicieron viajar al pasado con la mejor de las amigas, y las páginas que la esperan para ser leídas, y la voz de sus padres en el teléfono hace un rato deseándole que lo mejor esté por venir, y la certeza de amar y ser amada…

Empuja el aire de sus pulmones y sopla. Las llamas se apagan y una luz se enciende al pensar: ¡Qué bonita la vida!