18 de octubre de 2011

El "Negado"

"Negado". Esa fue la etiqueta con la que me lo presentaron. A simple vista era un niño más, un adolescente como cualquier otro. Parecía cansado, aburrido de todo, con prisa por que lo dejaras en paz. Resoplaba a menudo y no mantenía la espalda pegada al respaldo de la silla ni un solo segundo. Su tutor me avisó antes de entrar en clase: Fulanito vale, a Menganito le cuesta,... y por Zetanito no sufras: es un "negado". La etiqueta se me clavó entre las sienes. Cerré inmediatamente mis oídos y no escuché ni una palabra más, ni un prejuicio más sobre las personas que iban a ser mis alumnos durante los próximos días. Puede que entonces yo fuera una simple novata, aprendiz de maestra, pero nunca, jamás, me gustaron las etiquetas.

Recuerdo la primera vez que entré en el aula y vi sus caras, mirándome. Me presenté, pasé lista y, mientras uno por uno fueron declarándose "presentes", intenté borrar de mi mente todo lo que me habían dicho de cada uno de ellos.

Nunca olvidaré aquella primera clase, mi primer reto docente: explicar las Vanguardias literarias a un grupo de doceañeros. Intenté aplicar todas las técnicas que había aprendido en la teoría: cambiar el tono de voz, moverme por el aula, interpelarles, sorprenderles, captar su atención, contagiar mi entusiasmo... Las cosas salieron más o menos bien. Acabó la exposición y llegó el turno de las actividades.
- En los próximos diez minutos, individualmente, tenéis que hacer un caligrama -anuncié.

Las reacciones fueron prontas:
- ¡Qué difícil! No sabemos, maestra...
- Pero ¿cómo lo vamos a hacer?
- ¡Ala, que nosotros no somos poetas, seño!

Se me echaron encima con quejas y dificultades.

- Vamos, vamos, que no es para tanto -intenté calmarlos.- No os pido que seáis Apollinaire. Sólo que juguéis  a serlo, intentadlo al menos. Una frase, un pensamiento, no tiene ni que rimar siquiera, escrita con una forma que os sugiera algo. No es tan difícil como creéis. Seguro que algo interesante saldrá. Eso sí: no quiero facilidades para salir del paso. Sed originales. No quiero ver corazones, soles, ni estrellas, ¿eh?

Siguieron farfullando aún algunas quejas mientras se ponían a ello, pero pasados unos minutos tenía treinta cabecitas inclinadas sobre el cuaderno, bolígrafos creando y alguno que otro siendo mordisqueado mientras las ideas fluían.

Había dado diez minutos para hacerlo. A ellos siempre les parecía poco tiempo. No habían pasado apenas cinco y Zetanito el "Negado" levantó la mano para que acudiera a su mesa. Había terminado su caligrama. Tomé su cuaderno y mentalmente leí algo parecido a: "Me gusta su color amarillo, sabroso y dorado como un trozo de sol".  Las palabras se disponían en renglones que formaban un dibujo similar al siguiente:

Mi primer impulso fue enfadarme. Había dejado muy claro que quería que fueran originales: nada de corazones, soles, estrellas... y, por supuesto, nada de lunas. Le había sobrado la mitad del tiempo. Sus compañeros aun seguían esforzándose por crear y él pasaba de todo, hacía lo fácil para salir del paso, para acabar ya, para que la seño lo dejara en paz pronto. Estaba tan molesta con aquel niño que pisoteaba mis esfuerzos docentes...
-¡Pero bueno! ¿Qué es esto? -le increpé en voz alta. -He dicho muy clarito que fueráis O-R-I-G-I-N-A-L-E-S. ¿Dónde está aquí lo novedoso? ¡Zetanito, es que no lo intentas siquiera! ¿No has oído? Ni corazones, ni soles, ni estrellas... ¿Qué tiene de sorprendente una luna?

Nunca olvidaré su cara de enfado, sus ojos irritados fijos en mí, su ceño fruncido y sus labios apretados violentamente antes de responderme:
- ¡Seño, que no es una luna! ¡Es un plátano!

Me quedé de piedra, lo confieso. Totalmente desarmada ante mi pequeño artista incomprendido. Volví a tomarle el cuaderno y leí de nuevo: "Me gusta su color amarillo, sabroso y dorado como un trozo de sol".  

Le pedí disculpas por mi torpeza. Lo felicité y alabé su obra ante el resto de sus compañeros, pero su rostro seguía contrariado. Al final de la clase, colgamos los caligramas más interesantes por las paredes del aula; por supuesto, coloqué el plátano en un lugar destacado, pero ya no podía hacer nada que resarciera a un mini-Apollinaire ofuscado. Se quedó ahí el resto del curso, a la vista de todos. En alguna ocasión, lo sorprendí  desde el pupitre observando su obra con orgullo.

Al fin y al cabo, el "Negado" resultó ser uno de esos principitos que van por el mundo viendo boas que han engullido elefantes donde el resto de los mortales sólo vemos sombreros.

3 comentarios:

La gata Roma dijo...

Generalmente “los negados” suelen ser niños incomprendidos, inquietos y curiosos; y cuando el profesor es necio, que tristemente hay muchos de esos, no entienden su forma inquieta de enfrentarse al conocimiento. Yo no creo que enseñar sea fácil, de hecho yo nunca me dedicaría a ello porque creo que no lo haría bien, pero al menos, quien se enfrenta a una clase debe tener predisposición para comprender el pequeño mundo que hay en cada silla. Tú al principio te enfadaste, es normal, pero al menos comprendiste que había más detrás de un ser tan inquieto que hasta tiene dificultades para estar relajado en una silla.

Un beso profe, sigue así que con suerte crearás una pequeña generación capaz de apreciar lo inmensamente bello que hay en la literatura.

La gata Roma dijo...

Por cierto, sobre la entrada de los cuentos, acabo de recordar que algo me suena Zurroncito, iba por los pueblos y su secuestrador, o el que fuera, decía que tenía un zurrón mágico que cantaba ¿no?

Esperaré a que los cuelgues de todos modos, jejeje

El Naranjito dijo...

Las personas que pensamos que son "negadas" a veces nos enseñan más que todos los catedráticos de las Facultades.
Grácias "seño" de parte de un padre que agradece la ilusión que les ponéis algunos profesores y profesoras.