14 de noviembre de 2013

Bienvenido

Querido Agustín,

Ya estás aquí. Te hemos esperado desde los últimos meses. Para ser más exactos, te estamos esperando desde hace años. Al menos, tu madre y yo te esperábamos, sin saberlo, desde que de niña acunábamos con amor un muñeco entre los brazos, desde que oíamos a nuestras madres replicarnos “Ya me entenderás cuando tengas hijos”. Y llegó el día de empezar a comprender. Ya estás aquí.

Hace un rato escuché por primera vez tu llanto por teléfono, un sonoro y enérgico chillido con el que parecías querer saludarme interrumpiendo la conversación que mantenía con tu madre. (Tu madre. Querido niño, ¿sabes la suerte que tienes de tener de entre todas las mujeres del mundo precisamente esa madre?). Pues eso, que ese llanto tuyo ha dado un vuelco a mi corazón. Gracias por ese recuerdo imborrable.

Pequeña persona, algún día serás grande y nos harás viejos. Desde el momento en el que has nacido, nos has hecho crecer de pronto. Te deseo que todos los amaneceres de tu vida estén envueltos con el mismo amor e ilusión que el primero, que cada día descubras algo nuevo, que atesores risas por encima de todo, que siempre te sientas protegido en el loco mundo que tenemos. No te preocupes demasiado por nada y no tengas miedo; tus padres matarán monstruos por ti, darán alas a tus sueños y serán siempre la raíz que te sirva de bastón.

Y yo, pequeño Agustín, seré siempre tu tía postiza. Prometo inventar cuentos para que sueñes, relatarte repetidas veces las anécdotas de juventud de tu madre, la noche en que conoció a tu padre, el brillo que nació poco a poco en sus ojos… Prometo defenderte ante ellos cuando seas indefendible, recordarles cuando no te entiendan que hubo un día en que también fueron hijos de sus padres. Prometo que habrá juegos y canciones y ganas de hacerte reír cada momento que compartamos. Prometo que pondré Sevilla a tus pies cuando tú lo desees, que te llevaré ante la Esperanza cada vez que la necesites y pediremos la venia al busto de Rodríguez Ojeda antes de entrar en la basílica. Prometo tener siempre disponible para ti (por muchos niños que nazcan en lo venidero) caramelos en el bolso, respuestas a tus preguntas y estampitas nuevas para tu colección. Nunca faltarán rincones que enseñarte, achuchones que darte, recuerdos que compartir...

Has llegado y lo has cambiado todo. El mundo no me parece hoy tan feo ni el futuro tan gris. Tú lo has llenado, minúscula porción de carne recién alumbrada y sangre nueva, con tu potente perfume a existencia y tu convincente grito de protesta. En un abrir de ojos nos has coloreado el horizonte con la claridad de tu iris hambriento de paisajes. Tengo atrás una vida sin ti y ahora una vida contigo. Algún día, escucharás el llanto de un bebé y también tu universo dará un vuelco. Entonces entenderás estas torpes palabras que hoy te dedico. Demasiadas resultan ya cuando lo que en realidad quiero decir es, simplemente, que te queremos y te querremos siempre. Bienvenido y bendito seas.

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