19 de diciembre de 2012

Esperanza "sine die"

Miro el reloj y veo pasar la manecilla sobre la 1 de la noche. El calendario cuenta ya una nueva jornada y me entristezco. Se acabó el día de la Esperanza. Yo, que había planeado dedicar un rato de este 18 de diciembre a escribir algunas palabras sobre Ella, a perderme un rato en la dulce reflexión sobre su rostro, sobre su dominio, sobre lo necesaria que se nos hace en estos tiempos; yo, que pensaba pensarla y repensarla, ansiando entregarme en su deleite, no encontré el momento para hacerlo. Veinticuatro horas ha durado este martes y ni un solo minuto he hallado entre ellas para contar en este blog lo que le debía. El día se acabó y no lo hice. La decepción me invade. Otra vez no cumplo lo planeado. ¡Maldito tiempo sin tiempo en el que vivo! 

Al final, en mitad de mi abatimiento, justo cuando estoy a punto de desconectar del mundo y apagar el ordenador (cuyo teclado hoy, o mejor dicho ayer, no escribió nada sobre Ella), mis ojos se posan en un mensaje: "Dentro de cien días, a esta hora, la Macarena estará en la calle". Sonrio y miro de nuevo el almanaque. La ilusión se apodera de mi pulso. En mi pecho lo siento, alto y claro; deletrean los latidos de mi cuerpo: Esperanza sine die. Después de todo, qué importa lo que diga el reloj, perversa máquina humana. Para vivir y esperar no existe plazo ni tiempo.

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